La detención de Maduro en el MDC resuena en Sunset Park

En las aceras de la Segunda Avenida, cerca de donde la brisa de la bahía se mezcla con los olores industriales y el asfalto, Sunset Park ha adquirido una gravedad histórica. El Centro de Detención Metropolitano (MDC), esa mole gris que alberga a muchos reclusos notorios, hoy también alberga a Nicolás Maduro. Para los inmigrantes latinos de la zona, su presencia no es un simple trámite judicial; es una colisión entre el doloroso pasado de la diáspora venezolana y un presente en el que los límites de su propio vecindario se convierten en la jaula de un líder desacreditado, acusado de narcoterrorismo.
Un escenario para la política internacional
Este barrio obrero y multicultural se convirtió de la noche a la mañana en el epicentro de la geopolítica mundial. El bullicio habitual ahora convive con la sensación de que la justicia está a la puerta de todos. Es una especie de poesía visual; la esperanza del renacer de un pueblo después de décadas clamando por libertad.
El MDC ya no es solo la cárcel local; es el lugar donde ahora reside el hombre que controló el destino de Venezuela, mientras espera su turno en el sistema judicial de Estados Unidos.
Incluso quienes critican los métodos de Donald Trump por “excederse” en su papel internacional al capturarlo coinciden en un punto: nadie en Sunset Park simpatiza con Maduro, supuesto líder del notorio Cartel de los Soles.
Las críticas a su captura se centran en la idea de que Trump se excedió en su autoridad, tanto como presidente como en el escenario internacional, ya que el arresto complicó aún más una situación política ya tensa y evocó cambios de régimen impulsados por Estados Unidos en el pasado.
Pero ni una sola de las personas entrevistadas por el Post expresó solidaridad con Maduro ni afirmó que no debería ser juzgado por sus crímenes.
La voz de la diáspora: “El vecino que nunca quisimos”
Para algunos, caminar cerca del MDC se ha convertido en una forma de catarsis, de enfrentar los demonios del pasado. Patricia Mejía, dueña de Liebre Cafe, al enterarse de la presencia del dictador en el centro de detención, fue hasta el penal para desahogarse y gritó: “Maduro, c--- de madre”, afuera de sus puertas.
“Siento una mezcla de felicidad y tristeza”, dijo Mejía. “Felicidad, por un lado, al ver al tirano con su uniforme naranja en el sistema penitenciario de Estados Unidos, sabiendo que este es el comienzo del fin de la tiranía del régimen en mi país; y por otro lado, una tristeza enorme al saber que hay personas que abogan por la liberación del dictador. De todo corazón, les pido a esas personas que por favor busquen información. Lean, vean y escuchen lo que ese régimen ha significado para el pueblo venezolano. Quisiera que el mundo entero entendiera que este es el comienzo de la liberación. Gracias a Dios que alguien, que Estados Unidos, ha extendido su brazo para ayudar a liberar al pueblo venezolano”.
Otros no soportan acercarse demasiado. “En Venezuela, nos quitó nuestra casa, y ahora la justicia lo trajo a la nuestra para que rinda cuentas”, dijo Luisa, quien se vio obligada a salir de Venezuela por su propia seguridad. “Es solo un rayito de esperanza, pero no estoy tranquila por los que todavía están allá en mi país, y si visitara las afueras de la prisión lloraría. Nada quita el dolor de las injusticias y los horrores que vivimos en nuestra patria, pero la esperanza sigue viva, y la libertad es el anhelo que sostiene nuestros corazones”.
Jóvenes como Edgarlys cuentan una vida marcada por el régimen y por las estructuras criminales que lo sostienen. “No conocí otra realidad. Nunca entendí por qué algunas personas se armaban contra otras, maltratando y atacando a sus propios hermanos, a sus propias familias. Vi cómo el régimen sacaba a criminales de la cárcel para hacerlos parte de sus ‘colectivos’ de control ciudadano. Luego, mi conciencia me impulsó a luchar y a crear estrategias de apoyo, documentando y publicando contenido sobre los excesos del régimen. Por eso, se me considera un objetivo militar, al punto de ser perseguida por supuestamente traicionar a la patria”.
Más allá de la política
Maduro no está siendo llevado a juicio por sus crímenes contra el pueblo venezolano. Más bien, está siendo juzgado por tráfico de cocaína y por asociarse con cárteles designados como grupos terroristas por el gobierno de Estados Unidos. Y aunque esos actos forman parte integral de sus presuntos crímenes contra el pueblo venezolano, dejan a algunas víctimas de su régimen con la sensación de que falta algo más. A Luisa apenas le salían palabras al pensar en el encarcelamiento y el juicio de Maduro.
“No quiero comentar”, dijo. “Han sido años de dolor, de maltrato. Mataron a gente desarmada”.
Según comentaristas y analistas en todo el mundo, se cree que la captura de Maduro forma parte de un plan de Trump para extraer petróleo de Venezuela, que tiene grandes reservas. Bajo los regímenes de Chávez y Maduro, el gobierno extrajo petróleo, pero canalizó el dinero únicamente hacia sí mismo, mientras los venezolanos permanecían en la pobreza y quienes emigraron trabajaban dobles turnos para enviar lo poco que podían a sus familias en su país.
Mejía es más optimista. “Entiendo que Trump va a vender el petróleo venezolano a precios de mercado, el dinero se canalizará hacia el Banco Nacional de Venezuela y se asegurará de que esos fondos se utilicen principalmente para brindar condiciones de salud y alimentación al pueblo venezolano”.
Por ahora, todavía no está claro cuánto de los ingresos petroleros terminará yendo directamente a la salud y a las necesidades básicas de los venezolanos comunes, pero para muchos que vivieron de primera mano el daño que él causó, Maduro tras las rejas se siente como una victoria largamente esperada.
“Me encanta pensar que mi país va a volver a ser libre”, dijo Mejía.