En Maqam Studio, la música se convierte en un espacio de pertenencia

“A través del amor, todo lo amargo se vuelve dulce”.
Versos del poeta persa del siglo XI Rumi resonaron una tarde de domingo en un estudio de grabación de Sunset Park. Un grupo de oyentes, algunos con los ojos cerrados y meciéndose suavemente al ritmo, otros inclinados hacia adelante en silencio, absorbía poemas de siglos atrás, con versos que evocaban el amor como una fuerza alquímica capaz de transformar.
Maqam Studio es un espacio de encuentro comunitario para músicos y oyentes de maqam en Sunset Park. Alberga un estudio de grabación, un archivo de música maqam y un espacio para presentaciones. Su serie de conciertos, “The Circle of Samā”, ofrece presentaciones mensuales que acercan al público a una experiencia íntima de escucha junto a los músicos.
Este año, el Año Nuevo persa, Nowruz, coincide con la festividad islámica de Eid al-Fitr, una coincidencia que, según algunos, solo ocurre una vez cada 303 años. Durante la presentación de marzo en el estudio, el vocalista y ejecutante de kamancheh (violín persa) Payam Yousefi, junto con Samandar Dehghani, intérprete de tar (laúd persa) y daf (tambor persa), ofrecieron dastgah, una versión persa del maqam, y cantaron poesía clásica persa que transmite una sabiduría atemporal, tan vigente para el presente como para el pasado.
El maqam es un marco melódico que forma la base de géneros musicales en los mundos árabe, persa y túrquico. Sigue una serie de secuencias ascendentes y descendentes, frases y patrones. A diferencia de la música clásica occidental, que suele estar completamente compuesta, un maqam consiste en dos o tres bloques fundamentales que permiten a los intérpretes crear conexiones e improvisar en tiempo real.
La voz es el centro de la presentación. El conjunto instrumental suele incluir santur, tambores, joza, violonchelo, oud y más. No hay un escenario formal en el estudio. En su lugar, se extienden alfombras y se colocan cojines sobre el piso. Los oyentes se sientan en sofás, se recargan en las paredes o se acomodan sobre las alfombras.
“Una de las cosas hermosas que podemos cultivar aquí en el estudio es esta intimidad entre los intérpretes y el público”, dijo Amir ElSaffar, trompetista, compositor y director artístico de Maqam Studio. “Existe la expectativa de que el público responda de alguna manera”.
Esa fluidez se hizo evidente durante la presentación, cuando el público aplaudía y cantaba junto con la música.
“No es una caja negra en la que el público está en la oscuridad y los intérpretes están en la luz, y de algún modo estamos suspendidos en una realidad aparte”, dijo ElSaffar.
Para algunos oyentes, el maqam brinda una conexión profunda entre la música y la experiencia emocional.
Hifaz, originario de Irak, viajó desde Morningside Heights hasta el estudio. “La música maqam me da un éxtasis y una emoción que la música occidental no me da. En árabe, lo llamamos tarab”.
La melodía del maqam es tan rica en textura como en emoción. La barrera del idioma, y los siglos que separan el presente del tiempo de Rumi y Sa’adi, se desvanecieron bajo la fuerza emocional de la melodía. Para oyentes e intérpretes, la música invoca un llamado espiritual que trasciende el espacio y el tiempo.
“Cuando toco, me pongo al servicio de las generaciones de músicos y cantantes que han creado estas formas”, dijo ElSaffar.
“Al mismo tiempo, también quiero ser espontáneo y poder reaccionar al entorno. Si me dejo arrastrar por una emoción, quiero expresarla. Si siento algo en la sala, quiero convertirlo en sonido”.
Buyana Jargalsaikhan, pianista con formación clásica, descubrió el maqam después de mudarse a Nueva York desde Mongolia. Ahora se desempeña como coordinadora de medios creativos y promoción en el estudio. Al trazar vínculos entre la geografía y el sonido, comparó el maqam con la música tradicional de Mongolia.
“La música cultural tradicional surge del entorno”, dijo Jargalsaikhan. “En Mongolia hay muchísimo cielo y pradera. A la gente le gusta tararear para sí misma en ese espacio salvaje junto a sus animales. Se centra en voces que pueden viajar más lejos. Pero el maqam iraquí es muy sutil, como el desierto y la arena”.
ElSaffar coincidió. “Un maestro me dijo una vez que había música de culturas fluviales, de culturas isleñas y de culturas de montaña, y yo pensé: ¿de qué está hablando?”
“Luego me di cuenta de que tenía razón. Por ejemplo, en la música de Bagdad, los contornos melódicos se sienten como el fluir de un río”.
Cuando el concierto llegaba a su fin, las notas seguían suspendidas en el aire de comienzos de primavera. Para algunos oyentes que llegaron aquí desde el mundo musulmán, la celebración de Eid en Nueva York se siente mucho más silenciosa. En sus lugares de origen, Eid estaba marcado por los sonidos de la oración, de la recitación del Corán, del bullicio del zoco y de las reuniones familiares. Aquí, en un estudio de Brooklyn, encuentran en la música otra forma de pertenencia.