Los vendedores ambulantes encuentran apoyo en la comunidad, pero enfrentan reglas municipales estrictas

Rocío Gómez

Los vendedores ambulantes encuentran apoyo en la comunidad, pero enfrentan reglas municipales estrictas
Alina lleva 18 años vendiendo en la calle; en su puesto de la Quinta Avenida ofrece café, chocolate caliente, bocadillos y accesorios. Foto por Rocío Gómez

En una ciudad famosa por sus vendedores ambulantes, pocos lugares igualan la vitalidad de las avenidas del vecindario en Sunset Park. Con la venta de productos frescos, alimentos regionales, ropa, joyería, artículos para el hogar y más, los puestos ambulantes aportan al bullicio y a la mezcla multicultural que definen la vida diaria del barrio. Sin embargo, la legalidad del uso del espacio público sigue siendo motivo de debate, y las regulaciones municipales suelen chocar con las necesidades de los vendedores y de sus compradores.

Según el código de venta ambulante de la ciudad, quienes venden alimentos deben contar con una licencia para la persona vendedora y un permiso municipal para el carrito o puesto. El Departamento de Sanidad es responsable de hacer cumplir estas normas, incluidos los horarios y los límites comerciales. En la práctica, muchos vendedores logran obtener la licencia, pero no el permiso, ya que la ciudad ha limitado su número durante décadas y la lista de espera lleva años cerrada.

Esa limitación ha dado lugar a un mercado gris en el que los titulares de permisos los arriendan a otros vendedores. Aunque un permiso cuesta legalmente alrededor de doscientos dólares por un periodo de dos años, algunos reportes calculan que en el mercado gris puede costar hasta veinticinco mil dólares al año, según el lugar y la demanda.

“Hay mucho más que reglas y regulaciones, especialmente en una comunidad tan amistosa con los vendedores como Sunset Park”, dice David Estrada, director ejecutivo del Fifth Avenue Business Improvement District. Bajo su liderazgo, el BID trabaja para que la Quinta Avenida, desde la calle 38 hasta la calle 64, sea un gran lugar para vivir, comprar y hacer negocios. Estrada cree que la salud de la cultura de venta ambulante es clave para la prosperidad del vecindario.

Históricamente, los comercios ambulantes fueron regulados por la Policía de Nueva York antes de pasar al Departamento de Protección al Consumidor y al Trabajador, y finalmente al Departamento de Sanidad, que hoy supervisa y hace cumplir las regulaciones.

Tras el aumento de puestos ambulantes durante la pandemia, en 2021 el Concejo Municipal creó la Oficina de Ejecución de los Vendedores Ambulantes y el Comité Asesor de Vendedores Ambulantes para proponer recomendaciones y asegurar que las leyes se cumplan, equilibrando las necesidades de los vendedores y las de las comunidades donde trabajan.

Estrada impulsa políticas que protejan a los vendedores bajo la ley. “Estoy tratando de asegurarme de que los vendedores no sean discriminados”, afirma. También insiste en la necesidad de legalización formal, favoreciendo la despenalización y el tratamiento de las infracciones como asuntos civiles. “Los vendedores están prestando un servicio”, dice. “Por cada persona que se queja, hay otra que les compra.”

A pesar de las diferencias de opinión, los vendedores ambulantes siguen siendo parte integral de la comunidad de Sunset Park, y cada uno tiene una historia que contar.

Alfonso Vega, de 78 años, ha vivido en el vecindario durante 28 años. Originalmente de Honduras, llegó a Nueva York para trabajar en la construcción, pero un accidente grave lo dejó deshabilitado de por vida. Ahora vende ropa y zapatos en la calle 45 con la Cuarta Avenida sin permiso. “No es algo que me guste, pero si pudiera trabajar o vender legalmente, lo haría”, explica.

Las exenciones para veteranos facilitan la obtención de licencias para vender mercancía, pero no aplican a los permisos de venta de alimentos que la mayoría de los vendedores necesitan. La dificultad no está en la licencia, que casi cualquiera puede obtener tras un curso de seguridad alimentaria, sino en conseguir un permiso que lleva años limitado y vinculado a una lista de espera cerrada.

Alina lleva 18 años vendiendo en la calle. Ha vendido de todo, pero en su puesto de la Quinta Avenida con la calle 53 ahora ofrece chocolate, café, bocadillos y accesorios. “En la vida hay que salir adelante”, comenta. “Así es como me arreglo.” Al no tener permiso, está expuesta a la aplicación de multas.

Para vendedores como Vega y Alina, septiembre trajo buenas noticias: el Concejo Municipal anuló el veto del alcalde Adams a un proyecto de ley que convierte la mayoría de las infracciones de venta ambulante en asuntos civiles, reemplazando posibles cargos penales por multas.

Aun con este cambio, quienes pueden vender legalmente tienen más estabilidad. Alex, quien lleva dos años vendiendo horchatas, aguas frescas y tacos en la Quinta Avenida con la calle 52, lo explica así: “Con el permiso uno paga impuestos, pero también tiene trabajo y tranquilidad.”

Araceli, quien cuenta con permiso y opera un puesto de fruta, afirma: “Un salario fijo suena bien, pero aquí en la calle hay un beneficio para la gente y para mi economía.” La mayoría de los vendedores ambulantes en la ciudad son inmigrantes, y Araceli ve en este trabajo una oportunidad para mejorar su situación.

Ligia, de 69 años, vecina y compradora habitual en los puestos de la Quinta Avenida con la calle 53, lo expresa sin rodeos: “Si uno quiere trabajar, trabaja. Si no, se roba. Eso es lo que pasa en nuestros países.”

Aunque muchos vendedores viven cerca, algunos viajan largas distancias para trabajar en Sunset Park. Luis, de 68 años, reside en Queens y vende helado en el barrio. “Llevo como veinte años vendiendo, pero la competencia sigue creciendo”, comenta. “Prefiero este lugar porque la gente está más dispuesta a comprar.”

La cultura del vecindario está arraigada en la convivencia diaria, y las opiniones sobre quién debe o puede vender en la calle suelen favorecer a quienes aportan de forma positiva.

Los puestos de fruta son de los más concurridos. “La fruta es más fresca, te dan un poquito más y ayudas a la comunidad y a los vendedores”, dice Luis García, comprador habitual. Eric Pruna, otro comprador frecuente, añade: “Lo que venden es barato y bueno. Yo compro a menudo y contribuyo al vecindario.”

Los negocios cercanos comparten esta visión siempre que los vendedores sigan las reglas de la calle: operar de forma segura, mantener limpia la acera y guardar una distancia razonable con las fachadas. “El puesto de tacos en la esquina no afecta al negocio porque los gustos son distintos”, dice Diana, del restaurante La Brasa Peruana en la Quinta Avenida con la calle 47. “Hay espacio para todos.”

Después de los operativos de ICE contra vendedores en Canal Street el 29 de octubre, ha aumentado la presión para que el Concejo elimine el límite de licencias generales. Si se aprueba, tendría un impacto importante en los vendedores de Sunset Park, permitiendo que muchos más trabajen legalmente.