Una enredadera nativa recupera terreno posindustrial

Robin Kilmer

Una enredadera nativa recupera terreno posindustrial
Una flor de frijol lanudo rastrero en Bush Terminal. Foto de Robin Elisabeth Kilmer

Cada tramo de banqueta en Brooklyn tiene capas de historia apiladas una sobre otra, como un pastel. Algunas capas son menos apetitosas que otras. Hay rocas y minerales levantados por los glaciares y depositados cuando el hielo retrocedió hacia el norte. Encima de eso, hay cursos de agua ocultos que todavía corren bajo el relleno procedente de los túneles del metro. En Bush Terminal, las capas incluyen relleno que cubrió las antiguas marismas saladas, desechos industriales y, durante la última década, capas de relleno tóxico que fueron retiradas, selladas y sustituidas por tierra limpia.

Una de las plantas herbáceas perennes más comunes sobre esa tierra es la artemisa. Introducida por colonizadores, la artemisa es el enemigo público número uno para quienes trabajan como voluntarios en el jardín para polinizadores de Bush Terminal. Estas personas buscan restaurar un paisaje posindustrial con plantas que formaban la infraestructura y los cimientos de la flora y fauna del vecindario antes de la colonización.

Párate frente a un matorral de plantas nativas—de las que habrían estado aquí antes de la colonización—y verás que está repleto de vida, tanta que en esta época del año se escucha el zumbido y el murmullo de la actividad. Hay una variedad imposible de abejas, polillas, mariposas y avispas esbeltas de cuerpos largos y azul metálico que parecen bailar entre sí en el aire. Distintas flores, que abren en diferentes momentos, mantienen alimentada a toda esa vida.

Una colonia de artemisa permanece quieta y silenciosa. Eso se debe a que un desierto alimentario no puede sostener la vida—a menos que esa vida sea un frijol lanudo rastrero, y por sostener quiero decir servirle de apoyo. Hace dos años encontré por primera vez un frijol lanudo rastrero, Strophostyles helvola, extendido sobre la artemisa, que había convertido en su propio enrejado. La planta crecía junto a la banqueta, cerca de la cancha de futbol más próxima a los baños de Bush Terminal. Probablemente solo la vi porque estaba mirando con enojo la artemisa y noté que una de las plantas tenía encima unas lindas hojas de tres lóbulos.

Descubrí que las hojas pertenecían a una enredadera y que esta había trepado toda la planta de artemisa. Parecía descansar sobre ella, en vez de enrollarse y estrangularla. Me habría gustado que hiciera lo segundo, pero eso no está en la naturaleza de esta oportunista tan educada.

Después de conocer al frijol lanudo rastrero, pasaba a revisar su avance cada vez que estaba en Bush Terminal. Todas las semanas esperaba que la artemisa se lo tragara, pero cada semana me sorprendía ver que se había extendido sobre todavía más artemisa. A finales de julio, por fin produjo pequeñas flores simétricas de color rosa violáceo, del tamaño de la punta de un dedo. Cada lado parecía la abertura de una caracola y, en el centro, había un gancho oscuro en la punta. Parecía un buen lugar para que un hada colgara su sombrero.

Me emocionó verlo florecer y todavía más cuando comenzó a producir vainas—del mismo color y forma que los ejotes, pero más pequeñas. Los pueblos indígenas de Norteamérica comían frijoles lanudos rastreros y es posible que los cultivaran como alimento. A diferencia de las semillas de los ejotes, sus semillas son relativamente peludas, así que su nombre no miente. Cuando las vainas maduran por completo y se secan, se abren de golpe al menor contacto y dispersan las semillas como confeti.

Los frijoles lanudos rastreros son plantas anuales. Al año siguiente no vi ninguno junto a la cerca. En cambio, algunos se habían instalado en el espigón, un lugar prácticamente sin tierra. Pero el frijol lanudo rastrero, aunque no es agresivo ni dominante, es resistente y puede crecer en dunas de arena y otros lugares donde la mayoría de las plantas no prosperaría.

Este año, los frijoles lanudos rastreros de Bush Terminal no son plantas con las que me topé por casualidad creciendo en cualquier rincón disponible. Ahora tienen su propio espacio en el jardín para polinizadores. Crecieron de semillas que encontré en una marisma salada junto al río Hudson, al norte del estado. Con toda cortesía, se hacen amigos de la bergamota silvestre y la madreselva coral, a las que no les molesta que se apoyen o se extiendan sobre ellas. Quizá así convivían hace tantos años, cuando una marisma salada era la capa superior del pastel.