Una cubierta vegetal nativa ofrece belleza, resistencia y hojas para ensalada

Las rosas no siempre son rojas, y la mayoría de las violetas no son azules. Si uno observa el suelo en esta época del año, verá que muchas son moradas, algunas son blancas, mientras que otras parecen casi azules, pero no llegan a serlo. Algunas tienen rayas, y otras son amarillas. De hecho, solo en Norteamérica hay alrededor de 200 tipos de violetas nativas.
Sus hojas en forma de corazón son de las primeras en emerger con timidez después de la última helada. Así que quizás sea mejor consultarlas a ellas sobre el fin del invierno, en vez de confiar en una marmota que le tiene miedo a su propia sombra. A veces parecen correr el riesgo de quedar desplazadas por la artemisa, una planta invasora tenaz que siempre parece ser la primera en llegar, la última en irse y la más difícil de eliminar. Pero en las zonas de sombra donde las violetas prosperan, se expanden rápidamente. Sus hojas crecen, y de pronto el suelo ya no está cubierto solo de pequeñas hojas verdes, sino también salpicado de morado.
Las flores brotan en una época en que otras flores escasean, lo que las convierte en una fuente importante de alimento para los polinizadores que también empiezan a aparecer a comienzos de la primavera. Las mariposas fritilarias también dependen de sus hojas para albergar sus larvas.
Los seres humanos también pueden incluir violetas en su dieta. Sus hojas y flores son comestibles.
Un insecto que también depende de las violetas silvestres como fuente de alimento es la hormiga, que además ayuda a cultivarlas. Las violetas polinizadas producen pequeños frutos verdes que con el tiempo se abren cuando la semilla está madura. Las semillas de las violetas tienen una cubierta rica en nutrientes que atrae a las hormigas, que buscan las semillas y las llevan a sus nidos. Consumen la cubierta y dejan el resto de la semilla en sus viviendas subterráneas, básicamente sembrándolas.
Además de contar con insectos amigos que ayudan a criar a sus nuevas generaciones, las violetas también se reproducen vegetativamente mediante rizomas subterráneos, una forma que tienen las plantas de crear clones a partir de raíces largas que se extienden paralelas a la superficie. De esos rizomas brotan nuevas plantas directamente.
Se dice que el hábitat preferido de las violetas es un suelo rico y húmedo, pero las violetas de Brooklyn no parecen ser tan exigentes, ya que a menudo crecen en los canteros de los árboles, regadas por orina de perro y saladas de rebote durante el invierno. Hay una pequeña pero tenaz población que crece entre las grietas del pavimento detrás de mi edificio. Me han dicho que las violetas crecen donde antes hubo bosques antiguos, así que esas pequeñas cabezas moradas y hojas en forma de corazón me recuerdan una vez más que ellas no invadieron nuestro espacio, sino que nosotros invadimos el suyo. Cada violeta que uno ve es un vestigio de un lugar dominado por árboles. Cuando las veo crecer entre las grietas, me imagino hordas de violetas abriéndose paso a la fuerza y alfombrando las aceras como alfombrarían el suelo del bosque.
Hay lugares en Sunset Park donde se puede ver este efecto, como debajo de los árboles imponentes del Cementerio Green-Wood. También hay una comunidad realmente fuerte de violetas que crece junto a los columpios del parque infantil de Sunset Park, donde están en batalla constante con la artemisa. A medida que crecen sus hojas, las violetas hacen notar su presencia y, con el tiempo, dan suficiente sombra a la artemisa emergente como para mantenerla bajo control.
A pesar de la belleza y el valor de las violetas, la gente gasta cantidades desmedidas de dinero y tiempo tratando de exterminarlas. Internet está lleno de información sobre cómo matar violetas con herbicidas agresivos, pero es infinitamente más inteligente aprovechar su belleza y su fuerza como cubierta vegetal, y una gratuita y ecológica, además. Las violetas no solo servirían como cubierta vegetal, sino también como un cultivo alimenticio gratuito que se puede disfrutar en ensaladas.
Algunos jardineros, como mi difunta vecina Jody, entendieron los beneficios de las violetas. Ella solía reubicarlas desde los canteros de los árboles donde se marinaban en orina de perro y sal, y las ponía en sus propios jardines. Inspirada por ella, intenté extraer algunas de entre las grietas del pavimento detrás de mi edificio para plantarlas en mi jardín de macetas, donde pensé que estarían más cómodas, pero se negaron a ser arrancadas. Tal vez todavía quede algo de ese suelo de bosque primigenio debajo del cemento, y ellas todavía se aferran a él.