La onagra: últimas noches en flor

A pesar de su nombre en inglés —Evening Primrose— la onagra o Oenothera biennis disfruta de la luz del día, donde prospera bajo pleno sol. También evolucionó para crecer en zonas alteradas y no tiene problema en desarrollarse en suelos secos y pobres en nutrientes. En la naturaleza quizá eran lugares pisoteados por animales grandes o donde un desastre natural había removido la tierra. La Ciudad de Nueva York, con su topografía devastada y suelos de mala calidad, es básicamente un buen sitio para que la onagra viva y críe a sus retoños. Es igual de feliz creciendo en una grieta de la banqueta que en un prado del norte del estado.
Una grieta en la banqueta es probablemente donde hayas visto esta planta sin saber lo que mirabas. Seguramente ya has pisado algunas, y probablemente pudieron soportarlo sin tomárselo tan a pecho porque en su primer año son planas como hotcakes, existiendo como roseta basal, es decir, un montón de hojas que salen de la base. Imagina una planta de agave, luego imagina algo que nunca pasó en la vida real: un braquiosaurio pisa encima. Así se ve la roseta basal de una onagra, excepto que mucho, mucho más pequeña — más o menos del tamaño de tu palma.
Muchas plantas comienzan como rosetas basales, y la roseta aplanada de la onagra esconde lo alta que puede llegar a ser. Se mantiene baja, algo verde durante el invierno, hasta mediados de su segunda y última temporada de crecimiento (biennis significa dos años). Entonces parece dispararse en julio, cuando florece hasta octubre. Algunas alcanzan 8 pies de altura. ¿Ahora quién pisa a quién?
La onagra, por cierto, no se parece en nada a una rosa ni están emparentadas. Ya madura, tiene un tallo central que a menudo empieza a ramificarse en la mitad superior. Directamente del tallo brotan hojas verde brillante, bastante suaves a pesar de su forma de daga. Cada rama tiene un cabezal floral con varios botones pegados al tallo.
Seguramente has visto muchas veces la planta en su segundo año. Nada primorosa, suele tomar una forma desgarbada y para algunos puede ser difícil distinguirla de las varas de oro, la cola de caballo y otros personajes rudos pero resistentes que pueblan los rincones maltratados y abandonados del barrio y alimentan a la fauna que los hace su hogar. Solo hay que esperar a julio, cuando la onagra empieza a florecer y sobresalir entre la multitud. Cada flor amarilla, parecida a una ranúncula, dura un día: se abre al atardecer y se cierra al mediodía siguiente. Polillas y otros polinizadores nocturnos se alimentan de su néctar. Con una brisa ligera, las flores parecen flotar igual que su polinizador principal. Una polilla en particular, la polilla rosada y peluda de la onagra, depende de la planta para todo su ciclo de vida. Pone sus huevos en las hojas y las larvas se alimentan de sus semillas.
Después de cerrarse, las flores empiezan a formar cápsulas llenas de semillas negras que maduran con el paso de la temporada. Han alcanzado la madurez cuando las cápsulas se secan y se vuelven marrones, y a menudo se abren solas en la punta. Si arrancas una cápsula y la aprietas, las semillas caen en cascada.
Si permanecen en el tallo, se convierten en un bufé para la fauna. Las semillas, ricas en nutrientes, son una gran fuente de alimento para las aves locales en invierno. Recolectores urbanos y miembros de la comunidad “prepper” descubrirán que la onagra es un regalo que no deja de dar en todas las etapas de su vida. Si se te antoja una raíz comestible, la raíz principal de una onagra de primer año lo es. En el segundo año, las hojas —especialmente a comienzos de la temporada— se pueden usar crudas en ensaladas o cocinadas como espinaca. Finalmente, las semillas se pueden usar como muchas otras: en panes, en barras de granola, para coronar ensaladas y más.
Pero las onagras que dan vida a un lote lleno de escombros, brotan entre las grietas de la banqueta o crecen donde no llegan las cuchillas que las cortarían lo hacen en suelos no solo pobres en nutrientes, sino probablemente contaminados. Lo que nuestros estómagos no pueden aprovechar, lo disfrutan nuestros ojos, las aves y los polinizadores.