Una familia de Sunset Park reflexiona sobre la pertenencia

Heather von Rohr

Una familia de Sunset Park reflexiona sobre la pertenencia
La escritora Stephanie Fairyington posa en Sunset Park. Foto por Sabrina Weiss

“Siempre he usado mi vida para entender la cultura más amplia en la que vivimos”, dice la escritora local Stephanie Fairyington. Esta mezcla de lo personal y lo político está en el corazón de su nuevo libro, “Ugly: A Letter to My Daughter” (“Fea: Una carta a mi hija”), ya publicado por Pantheon. A medio camino entre las memorias y la crítica social, el libro recoge la reflexión de una madre queer sobre los cánones de belleza, el género y la sexualidad, dirigida a su hija de 11 años y a la joven adulta que llegará a ser.

Fairyington y su esposa se mudaron a Sunset Park en 2013 y han criado aquí a su hija desde que nació. Me senté con Fairyington en Yafa Cafe para hablar del libro y de la experiencia de su familia en el barrio.

La inspiración inicial de Fairyington para “Ugly” fue el libro “Between the World and Me”, de Ta-Nehisi Coates, una exploración de la raza en Estados Unidos escrita como una carta a su hijo. Después de leerlo, se preguntó: “¿Cómo sería la versión queer de eso?” A medida que profundizaba en su propia historia, la idea evolucionó hasta centrarse en la estética.

“Empecé a ver cómo lo queer, la fealdad, la feminidad y la belleza se entrelazan en estos nudos. Quería desatarlos, porque creo que se quedan dentro de nosotros como cosas calcificadas y pesadas”, dice Fairyington. “Pero si los vas deshaciendo, empiezan a tener menos impacto.”

Al crecer con una madre bella y un hermano apuesto, Fairyington llegó a verse a sí misma como fea. Al comenzar a darse cuenta de que le gustaban las chicas, la sensación de no encajar con las expectativas de género se mezcló con ese sentimiento de no ser atractiva, y la cultura que la rodeaba reforzó de manera dolorosa esa imagen de sí misma.

Dice que su hija es lo contrario: una niña atractiva y femenina a la que le interesan, entre otras cosas, la moda, los chicos y hacerse las uñas. Sin embargo, aunque Fairyington agradece que su hija no tenga que soportar que la llamen fea, dice que ser considerada bonita también puede hacer daño.

“El insulto y el cumplido son lo mismo. Ambos te dicen que tu valor depende de tu capacidad para presentarte como ‘bonita’”, dice Fairyington. “Empiezas a buscar esos elogios y puedes perderte en ellos. Eso es lo que me preocupa por ella.”

A lo largo de su vida —al salir del clóset, estudiar teoría queer en la universidad, casarse y convertirse en madre—, Fairyington ha encontrado la afirmación que le faltó de niña y ha podido ver más allá de los cánones culturales que le causaron sufrimiento. Sin embargo, la sensación de no ser suficiente y sus efectos psicológicos han persistido.

En última instancia, Fairyington busca trascender por completo las ideas de belleza y fealdad, algo que para ella tiene una dimensión espiritual. “Cuando medito, cuando estoy en la naturaleza, conectándome con algo vasto e incognoscible de lo que todos formamos parte, se crea un espacio entre nosotros y la cultura en la que vivimos”, dice. “Si logras tomar esa distancia, puedes burlarte de ella, puedes jugar con ella, puedes rechazar las partes que no te sirven.”

Al reflexionar sobre su vida y la de su hija, Fairyington también relata su experiencia en Sunset Park. En muchos sentidos, dice, el barrio ha sido un gran hogar para su familia. Allí cuentan con amistades y una comunidad LGBTQ, y a ella le encantan el parque y la diversidad cultural.

Aun así, como familia queer, a veces no se han sentido bienvenidas. En una ocasión, a una amiga de su hija no le permitieron juntarse a jugar con ella; en otra, una compañera de clase le decía repetidamente que “tiene que tener un papá”. A pesar del apoyo de los maestros y de la administración escolar, Fairyington y su esposa trasladaron a su hija a otra escuela donde hay más familias como la suya.

El libro incluye breves retratos de niños del barrio que, como Fairyington cuando era niña, no se ajustaban a las normas de género. Hablé con la madre de un amigo de la hija de Fairyington al que en el libro llaman “Enrique”. Se dejó crecer el cabello, usó vestidos y probó distintos pronombres; actualmente usa los pronombres he/him. Al recordar lo que sentía en ese momento, su madre dijo que temía cómo sería el mundo para él y que tuvo claro cuál debía ser su propia respuesta. Cuando un familiar cuestionó que Enrique llevara un vestido, ella respondió: “No voy a ser la primera persona que acose a mi hijo.”

Desde entonces, Enrique ha vuelto por decisión propia a presentarse como niño, pero su madre dice: “Todavía me pregunto si hubo más presión —más de la que vi o supe— para que simplemente se ajustara a la norma.” Espera con ilusión que este otoño comience a asistir a una escuela intermedia del barrio con un enfoque artístico, que ella cree que fomentará la creatividad en la expresión personal en general, incluida la expresión de género.

Ante el auge del “looksmaxxing” y lo que Fairyington describe como las nociones rígidas de género y la agenda anti-LGBTQ del gobierno de Trump, ella dice: “[El libro] habla de este momento. Celebrar lo que se aparta de las normas y afirmar distintas maneras de estar en el mundo es una forma de resistencia.”

Además de escribir sobre género, sexualidad y crianza para publicaciones como The New York Times y The Atlantic, Fairyington trabaja como maestra sustituta. A pesar del clima nacional, lo que ve a nivel local le da esperanza. “He entrado en aulas de Brooklyn donde los niños hacen banderas LGBT o llevan camisetas en apoyo de los derechos trans”, dice. “Ver eso me ha conmovido profundamente. Si yo hubiera tenido algo así, me habría sentido muy validada. Me habría sentido menos sola.”