Restaurante fuzhou cumple diez años y ofrece un sabor de hogar

En la calle 55 y la Octava Avenida de Sunset Park se encuentra 美食林鱼丸 (Maylin Garden), un restaurante tradicional especializado en antojitos de Fuzhou. El menú se centra en Bianrou (empanadillas tipo wonton), bolas de pescado, Yanwan (albóndigas rellenas) y Banmian (fideos mezclados), sabores que muchos inmigrantes fuzhou conocen de memoria y extrañan de su tierra natal. Detrás de la modesta fachada está el dueño y chef Zheng Lin, quien lleva 30 años en la cocina. Este año su restaurante celebra el décimo aniversario. Al recordar el trayecto desde los primeros tropiezos hasta lograr una clientela fiel, Lin comenta:
“Lo que preparo es un sabor de nuestro pueblo en Fuzhou. En realidad, lo que vendo es el sentimiento del hogar.”
Una crisis familiar cambió el destino de un cocinero
Lin, cuarta generación de cocineros, nació en el poblado de Shanggan, en el condado de Minhou, cerca de Fuzhou. “En aquel tiempo la gente en China no temía a la pobreza, sino a pasar hambre. Por muy pobre que fueras, un cocinero no se moría de hambre, y a mí siempre me ha gustado comer”, dijo. Tras terminar la preparatoria se convirtió en aprendiz de un chef reconocido en su comunidad.
“Mi maestro era muy estricto. Practiqué técnicas de cuchillo durante tres años antes de que me dejara tocar el wok. Mucha gente aprende cocina por un año y cree que ya está lista, pero yo no empecé a saltear hasta después de cinco años”, recordó Lin.
Con esa base sólida, llegó a ser chef principal y su sueldo era alto en comparación con la mayoría. Pero su vida cambió cuando a su madre le diagnosticaron cáncer. En una época sin seguro médico, la familia quedó con enormes deudas.
“Pasé mucho tiempo acompañando a mi madre, básicamente medio desempleado. Después de que falleció pude volver a trabajar, pero aunque no gastara ni un centavo me habría tomado diez años pagar esa deuda.” Al darse cuenta de que no había salida, Lin decidió en 2004 emigrar a Nueva York.
De las dificultades al prestigio
El camino empresarial de Lin en Sunset Park empezó casi por casualidad. En 2009 circuló la noticia de que el Grupo Shuanghui de China planeaba adquirir a la gigante estadounidense de carne Smithfield Foods. El gobierno de EE.UU. bloqueó la operación por motivos de seguridad nacional e incluso propuso restringir la entrada de productos cárnicos chinos al país. Lin vio una oportunidad para producir y vender carne al mayoreo localmente.
“Pensé: si los productos cárnicos chinos no pueden entrar, yo seguramente puedo ocupar ese mercado. Pero lo que no esperaba era que la aduana estadounidense fuera básicamente un colador.”
Ese mismo año abrió una tienda en la calle 62 y la Séptima Avenida dedicada a la venta de carne al mayoreo. Sin embargo, los productos chinos de bajo precio siguieron entrando en grandes cantidades y perdió dinero año tras año. “Yo pensaba que estaba emprendiendo en un mercado monopolizado, pero la fuente no se cerró. Y para los consumidores, los productos chinos con aditivos en realidad saben mejor.”
La ubicación tampoco ayudaba. En ese tiempo la zona residencial cercana era pequeña, la estación de metro de la Octava Avenida aún no estaba abierta y había poco tránsito peatonal. Para revertir la situación, Lin probó de todo: repartir muestras, regalar comida.
“Había fábricas de ropa cerca, y poco a poco fui dando a probar a las costureras. Ellas les contaban a sus parientes en otros estados que los productos eran buenos, y esos parientes empezaron a comprarlos y recomendarlos,” contó.
Incluso alquilaba el frente de otros locales para poner un puesto. Para atraer a más clientes, además de los platillos auténticos de Fuzhou, añadió especialidades como pescado ahumado de Shanghái y patitas encurtidas de Sichuan. Tras años de insistencia fue ganando reputación. En 2015 abrió su restaurante actual en la Octava Avenida, con servicio en mesa y manteniendo al mismo tiempo su negocio de mayoreo.
“Ahora puedo sobrevivir en la Octava Avenida gracias a mis clientes fieles, y también a nuevos clientes que vienen por la fama.”
Sobrevivir entre cambios de políticas y de mercado
Con el endurecimiento de la aplicación de leyes migratorias federales, los restaurantes chinos no quedaron al margen. Lin admite que muchos de sus empleados renunciaron o se escondieron por miedo a redadas. “La gente entró en pánico y se quedó sin seguridad. Y justo en ese momento las ventas bajaron. Antes teníamos 21 trabajadores, ahora quedan 11.”
Para él, la llamada “mala economía” no significa que la gente no tenga dinero, sino que la incertidumbre los vuelve cautelosos. “La mayoría solo cubre lo básico y no se atreve a gastar. Mi horario ahora es tan apretado que parece que hago el trabajo de cinco personas en el restaurante. Si no cubro yo mismo los turnos, pierdo dinero.”
Al ver cómo los restaurantes tradicionales de la Octava Avenida son reemplazados poco a poco por cadenas de comida rápida y panaderías de moda, Lin dice no sentirse preocupado. Mientras los negocios operen legalmente, los apoya.
“Es competencia justa. La idea de antes era el monopolio, que una sola tienda dominara. Pero la gastronomía es un servicio. Cuando un área entera crece y ofrece un servicio de calidad, esa es la verdadera forma de sobrevivir.”