Con ritmo en los pasos, guardia escolar guía a los niños por un cruce peligroso

Staff

Con ritmo en los pasos, guardia escolar guía a los niños por un cruce peligroso
Tucker saluda a los estudiantes y guía a las familias por el cruce de la Cuarta Avenida y la calle 39.

Párate en la esquina de la Cuarta Avenida y la calle 39 cualquier mañana de lunes a viernes y verás todo el movimiento de Sunset Park pasar a toda velocidad. Camiones pesados rugen, ciclistas se abren paso, la gente corre para cruzar antes de que cambie el semáforo y los autobuses de la MTA giran rumbo al Depósito Jackie Gleason en la Quinta Avenida. En medio de todo, una guardia escolar baila mientras ayuda a cruzar a los niños entre el caos para que lleguen seguros a la escuela.

Laura Tucker empezó a trabajar en este cruce en septiembre de 2024 después de una semana de capacitación con la policía. Es su primera esquina y dice que le queda como anillo al dedo.

"Me encanta," dice Tucker. "Estoy media loca, así que este cruce es perfecto para mí."

Cuando hablamos con ella, ya pasan de las 9:30 de la mañana de un viernes. La mayoría de sus niños ya entraron a clases (Tucker llama “los míos” a los papás, mamás y niños que cuida), pero aun así ayuda a cruzar a padres con carriolas y a otros peatones con un movimiento preciso de su señal de alto. Los choferes de autobús le tocan la bocina para saludar. Los más pequeños la llaman por su nombre. Ella les desea buenos días a todos.

En poco más de un año, Tucker se ha convertido en una directora de orquesta, manejando una mezcla de vehículos diésel, gasolina y eléctricos. Y lo hace mientras baila. Su música viene de Pandora, normalmente Crystal Waters o Dua Lipa.

“Esas estaciones están bien prendidas,” dice. “Me levantan el ánimo todo el día.”

Originaria de Brownsville, se mudó a Sunset Park hace tres años. Su música sale de unas bocinas pequeñas que compró en Five Below después de que uno de los papás que cruza por su esquina le sugirió mejorar el sonido de su teléfono.

“Fui y compré mi bocinita, y ahí estoy, bien prendida con mi música,” dice. “Tengo dos.” Muestra su bocina de Cinnamoroll y otra de Stitch, por si se le acaba la batería a una.

Tucker es una persona expresiva y su trabajo le da público. Entre semáforos canta, baila y usa su voz para llamar la atención de los conductores que vienen rápido. Su señal de alto es tanto una herramienta de seguridad como un accesorio para expresarse.

Uno pensaría que este cruce es estresante, pero Tucker niega con la cabeza.

“No me estresa, la verdad,” dice. “Si pones atención, si sabes lo que haces y ves lo que yo veo, todo fluye.”

Mientras habla, vigila todo: las bicicletas, los autobuses, los camiones y los peatones. La mayoría de las esquinas de la Cuarta Avenida cruzan calles de un solo sentido, pero la 39 va en ambas direcciones. Son ocho carriles de tráfico, diez si contamos las ciclovías, y media docena de escuelas cerca.

“Es mucho,” dice. “Pero ya le agarré la onda.”

Dice que quiere mucho a Sunset Park. “Es un poco diferente de Brownsville, pero ya me estoy acostumbrando,” comenta. Lo que la mantiene firme son los niños.

“Me encanta ver a los niños. Siempre vienen corriendo hacia mí,” dice Tucker con una sonrisa. “Me dan un fist bump.”

Antes de esto trabajó en cuidado infantil y todavía limpia casas para ganar un dinero extra. “Hay que ahorrar cada centavo y cada dólar,” explica. “Tengo tres hijos y un nieto.”

Tucker no parece tener edad para ser abuela. Dice que mantenerse relajada y los genes de su mamá la mantienen joven.

No ha habido accidentes durante sus turnos, pero reconoce que su trabajo tiene riesgos. “Es peligroso, pero me encanta el peligro,” dice, riéndose. “Me mantiene activa. Protejo a todos los que pasan por aquí. No quiero ver que nadie salga lastimado en mi esquina. No lo permitiría.”

Cuando los adolescentes cruzan a mitad de la cuadra, ella detiene el tráfico hasta que llegan al otro lado.

“Empiezan a tocar la bocina,” dice encogiéndose de hombros. “A mí no me importa, tienen que esperar.” Les llama la atención y les recuerda el peligro.

También se arriesga físicamente cuando parece que un conductor quiere pasarse el semáforo en rojo, algo común en la hora pico.

“Me paro enfrente para que me vean,” dice Tucker. “Primero saco mi señal y les dejo claro que deben parar.”

Para colmo, algunas luces del semáforo están cubiertas, creando confusión para conductores y peatones. Tucker dice que ya reportó el problema a trabajadores del Departamento de Transporte, pero nada ha cambiado.

Después de hablar con ella, llamamos al 311. La línea transfirió el reporte al 911 y documentaron el problema. Con suerte, las luces volverán a funcionar pronto.

Mientras tanto, Tucker seguirá vigilando los carriles, cuidando a sus niños y guiando a la comunidad por uno de los cruces más activos del vecindario, bailando mientras lo hace, con música, gratitud y una pequeña bocina de Cinnamoroll colgada en su chaleco.