A pesar de los desafíos, las plantas nativas persisten

Si sales de tu apartamento, una de las primeras cosas que verás es un árbol. Probablemente no sepas qué tipo de árbol es, pero si está en un alcorque, lo más seguro es que sea un plátano de sombra (London plane), acacia de tres espinas (honeylocust), peral de Callery, roble rojo del norte (pin oak) o un arce noruego. Estos son los cinco árboles callejeros más comunes de la ciudad. Tres de estas especies se consideran invasoras en esta región y solo el roble rojo habría existido antes de la colonización europea.
Lo mismo ocurre con muchas de las plantas que vemos en nuestros parques, jardines y calles. Los narcisos no eran señal de la primavera en Norteamérica hasta que los europeos los trajeron. Antes de que Henry Hudson encontrara accidentalmente el río que hoy lleva su nombre en 1609, la primavera se anunciaba con las flores blancas del serviceberry (amelanchier) o con gruesas alfombras de virginia bluebells (campanillas de Virginia). La mayoría de las plantas que nos rodean no nos dan pistas de cómo era la ciudad antes de la colonización. Sin embargo, muchas se plantaron solas en nuestros parques, crecen en grietas de las aceras o se apropian de lotes vacíos. Hacen lo mejor que pueden con el espacio que tienen disponible—igual que tú y yo. Pero a diferencia de la mayoría de nosotros, sus ancestros han estado aquí desde hace siglos. Son reliquias vivas, y algunos de nuestros únicos vínculos con un mundo que se perdió, pero que aún puede encontrarse si sabes dónde mirar.
NO ESTÁ EN UN PANTANO NI ES UNA ROSA, LA MALVA DE PANTANO ENCUENTRA SU HOGAR
La malva de pantano no tiene flores tímidas. Parecen platillos rosas de tafetán, cada uno con una columna de pistilos y estambres entrelazados que se elevan como antenas. Sus flores no se verían fuera de lugar en una camisa hawaiana, pero este arbusto amante de la humedad es más probable que se vea en Canadá que en alguna isla del Pacífico. De hecho, puedes ver al menos un ejemplar en la costa industrial de Brooklyn. Crece sobre un montón de escombros urbanos en la costa del Parque Bush Terminal. La malva de pantano (Hibiscus moscheutos) suele habitar en humedales, pantanos y marismas salinas, así que fue sorprendente ver una creciendo en las grietas de un espigón rocoso durante una excursión reciente al parque.
Pero hubo un tiempo, antes de que la ciudad de Nueva York se convirtiera en una jungla de concreto, en que era conocida como Welikia, por los Lenape que habitaban la zona antes de la colonización europea. Welikia, que significa “nuestro buen hogar” en lenape, seguramente estaba lleno de hábitats de agua dulce y también de malvas de pantano—que por cierto están más emparentadas con el quimbombó (okra) que con las rosas. Nunca sabremos cómo era Welikia; solo podemos imaginarlo, así que imaginemos que había un pequeño estanque en la esquina de la calle 44 con la Sexta Avenida. Hace poco más de cien años, la gente que vivía en Sunset Park no tenía que imaginar ese estanque—porque todavía existía. De hecho, Sunset Park llegó a tener hasta cinco estanques.
Digamos que había un arroyo estacional que fluía desde el estanque. Tal vez tenía aguas que corrían suavemente hacia una costa rocosa, o una playa de arena blanda, tal vez una marisma salada. Tal vez serpenteaba de un lado a otro hasta seguir lo que hoy conocemos como la calle 45. De julio a septiembre, imagina las orillas del arroyo cubiertas de arbustos con flores rosadas y magentas en forma de satélite. El aire podría haber estado lleno de colibríes y polillas atraídas por las señales de las flores. Por la noche, las luciérnagas creaban una Vía Láctea hasta la orilla.
Es muy posible que los antepasados de nuestra actual malva de pantano crecieran en una marisma salada alimentada por ese arroyo. La marisma fue destruida por relleno o enterrada bajo montones de basura, y pasó unas décadas marinándose en lodo industrial. Más tarde fue cubierta con escombros y convertida en espigón. En vez de una sola malva de pantano, quizá había toda una comunidad. Tal vez estaban allí para presenciar el paso de los barcos de Giovanni da Verrazzano, sin saber que eventualmente habría un puente con su nombre.
Hoy en día, puedes seguir la calle 45 hasta donde se corta en la Segunda Avenida, justo en la entrada de Urban Air. Si la calle continuara, te llevaría a través de la manzana hasta la Primera Avenida y un lote vacío de todo excepto maleza. Si atraviesas la verja, pasas una colonia de gatos salvajes, un sitio de construcción y unas vías del tren, encontrarás el espigón y la malva de pantano, en los márgenes de Brooklyn. Está claro que se plantó sola. Ninguna mano humana habría puesto un arbusto sobre un montón de rocas. Para que ella exista, las malvas de pantano anteriores tuvieron que haber hecho su hogar en grietas del cemento, en lotes vacíos, lugares lo suficientemente húmedos y abandonados como para permitirles crecer, florecer y sembrar antes de ceder espacio al siguiente estacionamiento, edificio de lujo o planta de tratamiento de aguas. Pero donde no persistieron los bosques, estanques, marismas, luego granjas, luego fábricas, esta malva de pantano sí lo hace.
Ahora mismo, tras el invierno, en lugar de flores brillantes hay cápsulas de semillas leñosas. Cuando se abren parecen el pico abierto de un alienígena. Las semillas tienen un recubrimiento grueso que las hace flotantes, así que si caen al puerto pueden ser llevadas por la marea o por aves acuáticas a otras costas. Esta es también una explicación lógica de cómo llegó nuestra malva de pantano aquí. Tal vez su madre crece en Governors Island. Tal vez algunas de sus semillas llegarán a nuevos márgenes, o encontrarán el lugar adecuado entre los escombros y crecerán junto a su madre. Tal vez suficientes logren arraigarse, y pronto haya toda una comunidad de malvas de pantano creciendo en las orillas de un espigón de Brooklyn. No es un pantano, ni un arroyo ni una marisma, pero por ahora, es hogar.