Entrar al cementerio en el exilio

Cada primero de noviembre, en los últimos tres años, he intentado entrar a Green-Wood y sentarme a celebrar que la muerte no es el final. Las dos primeras veces caminé hasta el arco donde los loros monjes actualizan su nido monumental. Pero yo estaba tan triste en ese entonces que no lograba traspasar la entrada y escuchar su canto. La vida ha querido, de alguna manera ya no cuestionable para mí, que viva cerca de cementerios. Me gusta caminarlos.
Conocí Green-Wood haciendo grounding sobre follaje y pasto, aprendiendo todas sus esquinas y vórtices, los seres que vuelan y zumban en su predio, centenarios fotosintéticos o nuevos de sangre caliente; otras veces, únicamente acostada sobre la interfaz de hongos que cubre el camposanto.
En mi Habana, cuando fui niña, atravesé varias veces el cementerio de Colón, todo asfaltado, con zapatos, al alba y al atardecer, de la mano de mi tía para cortar camino. Nos asomábamos juntas al vacío de una catacumba abierta con la forma de un gran cascarón del que siempre parecía que acababa de nacer un mundo y gritábamos: “¡Buenos días, Conde!”
Para una persona que emigra es difícil entrar a un cementerio que nunca caminó de la mano de su tía o donde nunca desperezó a gritos a un conde de su sueño eterno. Podría ser difícil entrar al camposanto por alguno de los modos paralizantes del respeto, miedos por decolonizar o ideas cuajadas en molduras estrictas. Podría ser también que todavía no hay un nosotros o un par allí a quien visitemos y honremos. En ninguno de sus nichos hemos visto un mediodía el fémur y la clavícula de nuestro padre.
O acaso sea solo la mera ilusión de que no tendremos que reposar eternamente aquí, donde acabamos de llegar, porque somos nuevos, porque no somos de aquí, porque soñamos en secreto alcanzar a morir en el nido una vez que emprendamos el viaje de regreso. Esa ilusión nos mantiene ignorantes del cementerio, distanciados, cautelosos.
No somos turistas y tampoco residentes añejos; el cementerio está ahí, pero preferimos verlo como un parque natural o un extenso jardín del silencio. En el exilio uno puede pensar a cada rato: ¿me voy a morir aquí? ¿Revoloteará mi alma perdida en busca de lo conocido, atrapada en un circuito de fuegos fatuos en déjà vu?
En el fondo sabemos que caeremos aquí o allí, de la manera que no sabemos, sin preguntarnos, cerca de esa hora, quién maternará nuestros huesos una vez cristalinos y vacíos como fulguritas en nuevas playas, descontaminados y anhelantes de nuestros yoes. O quién exhumará nuestra vajilla craquelada por los vapores del último aliento. ¿Quién susurrará amor a nuestras cenizas brillantes y salpicará las gotas de sal que nos aglomeren para transmitir una minúscula unidad de inteligencia universal? ¿Quién intentará despertarnos a gritos? Nos maternará la naturaleza, sí, y las gotas de sal ya salpican, sí.
A veces toca morir libre, allí donde los buitres sobre una cima rompen la fascia y aúllan mientras despegan ligamentos, músculos y carnes de los huesos en funeral celeste. A veces toca morir en los brazos del amor atravesados del amargo dulce del copal y el cempasúchil entre panales que suenan en polirritmias de ocho violines.
Tantas maneras de vivir, tantas de morir.
Estoy dentro del altar, en reposo y recuerdo, más allá del territorio y la cultura, mucho más allá. Apoyo una foto sobre el retablo y me dejo poner la escayola en mi alma fracturada, en uno de los más bellos y honestos actos de civilización. De México a toda la humanidad. Feliz día de los muertos.